El Gavilán

Apareció como por arte de magia delante de mi hide, ni un ruido en su aleteo o en su aterrizar.

¡¡¡Por Dios, detrás de unas malditas ramas, y tan cerca que no me cabe ni en el encuadre de la cámara!!!!.

¡ Y como me mueva lo más mínimo, se va!.

Sé que me va a ofrecer escasos segundos, pero también sé que cualquier movimiento o ruido mío lo va a espantar.

Todo pasa muy deprisa, todo pasa muy despacio.

Lo primero es lo primero, los dedos de mi mano izquierda se deslizan lentamente hacia la parte inferior de la cámara buscando la palanca del enfoque para pasarlo a manual. El ruido del Sigma 50-500 al enfocar automáticamente lo haría volar.

Con la misma lentitud, con la misma velocidad, la mano izquierda va ocupando su lugar en el anillo de enfoque del objetivo, mientras, la derecha ya ocupa su posición de disparo.

Intento enfocar sobre su cabeza, está de espaldas, pero no para de mirar, ¡lo tengo!, aprieto el disparador y aseguro disponer de una primera y quizás única foto, pero el bicho para sorpresa mía, soporta el ruido del disparo. ¡¡Primera foto conseguida!!!, ahora la mano izquierda vuelve a trabajar, y lenta, muy lentamente va recogiendo el zoom para conseguir una foto de cuerpo entero, ¡lo tengo de nuevo!, vuelvo a disparar, segunda foto, tercera, cuarta,… ¡!!mierda, se mueve!!! .

Miro a través de la rejilla del hide para localizarlo y lo veo mejor colocado a la derecha, pero tocar mover la cámara y eso si que creo que no lo va a soportar. Poco a poco la voy moviendo, mirando ya por el ocular, lo veo aparecen en la pantalla, ¡otra maldita rama por medio!, enfoco, disparo un vez y… desaparece como por arte de magia… , lo busco por todos los lados y no lo encuentro, se ha ido, y en ese momento me acuerdo de que tengo que volver a respirar.

Y así viví mi mejor momento fotográfico del verano, y aquí os dejo de muestra, mis malas, pero únicas fotos que tengo de un Gavilán.

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